29.8.10

Indecisión

Debería estar acabando con la poca tarea que me queda: una mísera cuartilla donde narre un día de los noventa que tuve de vacaciones. He estado pensando en contar de mi poderoso viaje, pero sencillamente se me hace aburrido contar historias potentes de ese estilo.
Podría contar de cuando vi a Nina y jalamos para Coyoacán. O de cuando Santiago de la nada llegó a mi casa y casi me golpeaba con su botellita de Coca-Cola por molestarlo con su amorcito. Podría incluso hablar del Vive Latino o del concierto de Panteón Rococó; total, ambos pasaron en las vísperas de vacaciones. Podría contar de mi comida de cumpleaños o del concierto de Therion. Tal vez podría hablar de cuando me fui con Natasha, Iván y Adris a un restaurante para ver el partido de Alemania-Ghana en una gran pantalla frente al Parque Hundido. Podría hablar de cualquier lunes, jueves o viernes de ejercicio en Los Viveros. La verdad es que no sé de qué escribir y por eso me aplasto como hongo en este sofá y frente a mi querida máquina.
Oigan, ¿la semana pre-clases oficiales cuenta como parte de las vacaciones? Porque entonces tengo una sustanciosa historia para contar...
No.
Hay ciertas cosas que no deben recordarse. A veces es mejor no echarle sal a la herida, ni siquiera por experimentar.
En fin, no sé qué escribir, así que me la paso de blog en blog, buscando algo más saludable que helado en el refrigerador.
Se me antojan litros de agua.
Quiero escuchar música, pero no sé qué quiero. Por ahora, Mägo de Oz me hace sentir menos extraña que Panteón Rococó. No quiero escuchar a Ska-P. No quiero escuchar ska en general... No quiero metal, ni siquiera a Maiden.
Creo que estoy emocionalmente embarazada.


ACTUALIZACIÓN:
He aquí lo que escribí. No sé cómo, pero pude meterlo en exactamente una cuartilla:

Hace algún tiempo, yo era una pequeña niña feliz que festejaba dos cosas simultáneamente: su cumpleaños y el inicio del Mundial de Fútbol Alemania 2006. El único gran problema era estar entre las paredes de la primaria; eso y los vecinos que llamaron para quejarse de nuestro "ruido excesivo".
Pero para Sudáfrica 2010 las cosas cambiaron: siendo yo cuatro años más vieja, pude por fin experimentar el dulce sabor de ver el Mundial desde mi bella casa. ¡Benditas sean las vacaciones preparatorianas! (Cabe mencionar que soy más seguidora de Alemania que de México, así que veía más partidos de los primeros que de los segundos.) [Especialmente porque México jugó como cuatro partidos y Alemania se echó el mismo número que España. ¡Arriba die Mannschaft, el equipo más prolífico del Mundial! N. de la R.]

Photobucket
Oh sí, yo los amo mucho

Uno de esos días en que mi fiebre por Alemania andaba al tope fue cuando jugaron contra Argentina. Era sábado por la mañana y yo tenía que ir a un curso en un centro de psicología (¡fui a pesar de que el partido empezaba a la misma hora!), así que asistí con mi playera blanca y con cara de pánico (por el partido) y motivación (por la clase).

Photobucket
Sí, creo que más o menos eso era lo que había en mi alma

Mi papá y yo hicimos un pacto: durante la hora y media del partido, que no vería mi persona por obvias causas, no me mandaría notificaciones ni mensajes; nada, nada, nadita de resultados. Yo quería disfrutar mi clase en la medida de lo posible.
El partido empezó en el momento en que yo entraba al salón. Pasaron tres minutos y sonó mi celular. Era mi padre: "¡Gol de Alemania!". Vaya, un poco de ánimos.
La siguiente hora y media fue de lo más sufrida. La clase trataba de algo tan interesante como teorías de personalidad y yo estaba concentradísima. Bueno, lo estuve hasta que escuché un potente grito colectivo de: "¡GOOOOL!". ¡¿Gol de quién?! No sabía, y no había siquiera recuperádome de la noticia cuando el segundo grito de: "¡GOOOOL!" inundó el lugar. ¡Me estaba dando un ataque de ansiedad! Y mientras, la clase sólo mejoraba con teorías de Freud y psicoanálisis y... ¡GOOOL!
¡Otro gol! A mí me urgía salir de esa clase; de verdad me urgía.
Salí corriendo del salón en cuanto tuvimos un descanso. 4 - 0, favor Alemania.
Creo que fue un buen día de vacaciones. Festejé toda la tarde el triunfo.

Photobucket
Me canso ganso que mis ojitos brillaban de reteharta felicidad por el triunfo de mis muchachones

Partidos

Ayer fue mi primer partido de volleyball después de dos años y medio de periodo sabático (y dos entrenamientos dolorosos esta semana). No, no se emocionen: ni el uniforme es el de las jugadoras del playero (entiéndase: playera pequeña y apretadísima sin mangas y unos aerodinámicos calzones) ni mi cuerpo el de las mismas. En realidad, lo que estaba usando ayer era la playera color amarillo pollo fosforescente menos favorable en la historia de la humanidad y unos pantaloncillos ajustadísimos, pero no tan incómodos.
Como no me había ido tan mal al entrenar, pensé que la misma emoción que había tenido durante años de jugadora iba a inspirarme para correr el sábado; que la adrenalina que hacía que sacar fuera una proeza iba a resurgir rápidamente en mis venas. Pensé que me volvería una jugadora fregonsísima, muy al estilo de las películas de Disney.

Photobucket
Sí, me sentía una mujer fregona.

El problema fue cuando de verdad empezó el partido. La lista de cosas se abrió con haber ganado por default (por lo que el partido iba a ser del estilo 'jugar por jugar', sin ninguna cosa referente a la liga de por medio). Nosotras éramos como nueve niñas y ellas eran cinco, así que para cada set, nuestra querida entrenadora mandaba a alguna a jugar con las contrarias.
Como mi entrenadora me conoce desde que me sentía mujer de mundo por estar a finales de la primaria, y como en el fondo de su alma me quiere, me puso entre las primeras seis que iban a jugar.
Ahí empezaron los problemas.
¿Les dije que había pasado dos años y medio sin jugar?
¿Saben lo que dos años y medio sin jugar le hicieron a mi organismo y a mis reflejos deportivos?
¿Han percatádose que en dos años y medio pasan muchas cosas y se aprenden muchos conceptos?
No sé cómo sobreviví al juego. Supongo que mi entrenadora pensó lo mismo porque acabé de nuevo en la banca.

Luego empezó el segundo set y me mandaron como el comodín: a jugar con las contrarias.
Sinceramente, con todo y que me sentía inmensamente estúpida por a duras penas recordar a qué lado debo rotar y en qué sentido se dicen las posiciones en la cancha, no me sentí tan fracasada. Sí, fue muy raro que una de ellas me empujara y jalara de los calzones todo el rato para acomodarme; pero todas hicieron su mejor esfuerzo por animarme y hacerme sentir menos idiota de lo que ya me sentía.
Hasta eso, creo que no fue tan malo el asunto porque las contrarias (y yo) ganaron el segundo set.

Para el tercero, yo ya ni hice nada más que observar cómo todas jugaban como señoritas seleccionadas para Londres.

Ni hablar, creo que tanto tiempo me jodió.

9.8.10

Twist and turn

Prometí por muchísimas razones no volver a abrirme y quedar vulnerable ante el mundo; mas, por sobre todas las cosas, prometí nunca lanzarte una piedra y esconderme donde pudieras hallarme fácilmente... Pero aparentemente todo cambia rápido y sin un aviso previo.

Es por eso que ahora me tienes ante ti, en un estado que cualquier psicópata preferiría para su víctima: aterrada, con esas ganas de vivir que te piden clemencia desde lo más profundo de mis ojos; agitada, con un nudo en la garganta que alberga ese grito que necesita salir. Soy tu esclava absoluta y me tienes a tu disposición entera. ¡Lo puedes obtener todo de mí por el simple y burdo hecho de tener mi vida en tus manos, porque te ha parecido divertido jugar a ser Dios el día de hoy!

Pero...

¿Qué ocurre cuando la víctima da ese giro inesperado y parece disfrutar la escena? ¿Qué ocurrirá cuando llegues a descubrir que me gusta estar así? ¿Aumentarás lo que pasa y serás capaz de complacerme o decidirás largarte y buscar a alguien que te vuelva a saciar la sed de poder y dominio que tanto te persigue?

Tú controlas mi cuerpo mientras yo empiezo a confundir tu mente. ¿Quién acaba siendo Dios entonces?

Quiero...

Más tiempo para descansar de verdad (aunque pienso que es un descaro exigir semejante cosa).
Dormir cuando guste y cuanto guste.
Cantar a todo pulmón.
Tener una máquina del tiempo y regresar una y otra vez a determinados días de mi vida.
Que mañana sea 7 de agosto.
¡El Mundial de vuelta!
Irme al Ángel a final de semestre.
Sobrevivir a este maldito año que me espera ansioso y lleno de maldad.
Largarme a Alemania. Ahora.
Pensar que las cosas no cambiarán tanto; que no me dejarán morir sola; que no me volveré un fantasma.
Regresar todo hasta el punto en que empecé a cagarla tanto.
Llorar y reír al mismo tiempo, pero parece que eso no es muy fácil que digamos.
Tenerlos a todos conmigo.
Dejar de sentir tanto afecto. (¿Lo vales en lo más mínimo acaso?)
No tener tanto algodón en mi cerebro. (Afectas mis pensamientos. ¡Bastante deberías tener con esa capacidad de mutilar con tu presencia mis sentimientos!)
Tener más crédito. (Y saberme capaz de no usarlo en Vuestra Merced.)
Vaciar mi cabeza y empezar desde cero. Todo.
Un respiro de la humanidad... De mi humanidad y de la tuya. (¿Existe, o sea, de verdad es tangible?)
Colorear y leer; seguir coloreando y seguir leyendo sin pensar que todo eso que meto en mi cabeza le quitará espacio esencial a lo que veré en la escuela.
Chocolate.
Ser bella y brillante y así no volverme a preocupar por un montón de idioteces y banalidades.
El mundo a mis pies por un instante.
Lanzar mi teléfono por la ventana y matar a alguien gracias al golpe de la caída.
Hacer una película trágico-cómida basado en eso último.
Una mascota a la cual abrazar en estos momentos de mi vida.
Ser alguien más por 24 horas.
Dejar de engañarme.
Confesar que te quiero aquí a mi lado; que amaría verte de improviso en la semana; que cada día que pasa equivale a una hora más sin dormir por pensar en la posibilidad de encontrarte sin querer.
¡Golpear a tanta gente!
Pelarme con la gente que más quiero y tener un pretexto para lanzarme hacia el vacío.
Que todo salga bien. ¿Tanto cuesta?
Abrir mi clóset y descubrir que hay un portal interdimensional.
A mi peluche de unicornio de regreso.
Llamarte.
Matarte.
Incinerar cosas a lo estúpido.
Un concierto de lo que sea.
Volver a oler ese aire atascado de marihuana.
Reír hasta quedarme sin respirar.
Bailar bajo la lluvia.

De verdad soy una persona caprichosa.