29.8.10

Partidos

Ayer fue mi primer partido de volleyball después de dos años y medio de periodo sabático (y dos entrenamientos dolorosos esta semana). No, no se emocionen: ni el uniforme es el de las jugadoras del playero (entiéndase: playera pequeña y apretadísima sin mangas y unos aerodinámicos calzones) ni mi cuerpo el de las mismas. En realidad, lo que estaba usando ayer era la playera color amarillo pollo fosforescente menos favorable en la historia de la humanidad y unos pantaloncillos ajustadísimos, pero no tan incómodos.
Como no me había ido tan mal al entrenar, pensé que la misma emoción que había tenido durante años de jugadora iba a inspirarme para correr el sábado; que la adrenalina que hacía que sacar fuera una proeza iba a resurgir rápidamente en mis venas. Pensé que me volvería una jugadora fregonsísima, muy al estilo de las películas de Disney.

Photobucket
Sí, me sentía una mujer fregona.

El problema fue cuando de verdad empezó el partido. La lista de cosas se abrió con haber ganado por default (por lo que el partido iba a ser del estilo 'jugar por jugar', sin ninguna cosa referente a la liga de por medio). Nosotras éramos como nueve niñas y ellas eran cinco, así que para cada set, nuestra querida entrenadora mandaba a alguna a jugar con las contrarias.
Como mi entrenadora me conoce desde que me sentía mujer de mundo por estar a finales de la primaria, y como en el fondo de su alma me quiere, me puso entre las primeras seis que iban a jugar.
Ahí empezaron los problemas.
¿Les dije que había pasado dos años y medio sin jugar?
¿Saben lo que dos años y medio sin jugar le hicieron a mi organismo y a mis reflejos deportivos?
¿Han percatádose que en dos años y medio pasan muchas cosas y se aprenden muchos conceptos?
No sé cómo sobreviví al juego. Supongo que mi entrenadora pensó lo mismo porque acabé de nuevo en la banca.

Luego empezó el segundo set y me mandaron como el comodín: a jugar con las contrarias.
Sinceramente, con todo y que me sentía inmensamente estúpida por a duras penas recordar a qué lado debo rotar y en qué sentido se dicen las posiciones en la cancha, no me sentí tan fracasada. Sí, fue muy raro que una de ellas me empujara y jalara de los calzones todo el rato para acomodarme; pero todas hicieron su mejor esfuerzo por animarme y hacerme sentir menos idiota de lo que ya me sentía.
Hasta eso, creo que no fue tan malo el asunto porque las contrarias (y yo) ganaron el segundo set.

Para el tercero, yo ya ni hice nada más que observar cómo todas jugaban como señoritas seleccionadas para Londres.

Ni hablar, creo que tanto tiempo me jodió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario