Debería estar acabando con la poca tarea que me queda: una mísera cuartilla donde narre un día de los noventa que tuve de vacaciones. He estado pensando en contar de mi poderoso viaje, pero sencillamente se me hace aburrido contar historias potentes de ese estilo.
Podría contar de cuando vi a Nina y jalamos para Coyoacán. O de cuando Santiago de la nada llegó a mi casa y casi me golpeaba con su botellita de Coca-Cola por molestarlo con su amorcito. Podría incluso hablar del Vive Latino o del concierto de Panteón Rococó; total, ambos pasaron en las vísperas de vacaciones. Podría contar de mi comida de cumpleaños o del concierto de Therion. Tal vez podría hablar de cuando me fui con Natasha, Iván y Adris a un restaurante para ver el partido de Alemania-Ghana en una gran pantalla frente al Parque Hundido. Podría hablar de cualquier lunes, jueves o viernes de ejercicio en
Los Viveros. La verdad es que no sé de qué escribir y por eso me aplasto como hongo en este sofá y frente a mi querida máquina.
Oigan, ¿la semana pre-clases oficiales cuenta como parte de las vacaciones? Porque entonces tengo una sustanciosa historia para contar...
No.
Hay ciertas cosas que no deben recordarse. A veces es mejor no echarle sal a la herida, ni siquiera por experimentar.
En fin, no sé qué escribir, así que me la paso de blog en blog, buscando algo más saludable que helado en el refrigerador.
Se me antojan litros de agua.
Quiero escuchar música, pero no sé qué quiero. Por ahora, Mägo de Oz me hace sentir menos extraña que Panteón Rococó. No quiero escuchar a Ska-P. No quiero escuchar ska en general... No quiero metal, ni siquiera a Maiden.
Creo que estoy emocionalmente embarazada.
ACTUALIZACIÓN:
He aquí lo que escribí. No sé cómo, pero pude meterlo en exactamente una cuartilla:
Hace algún tiempo, yo era una pequeña niña feliz que festejaba dos cosas simultáneamente: su cumpleaños y el inicio del Mundial de Fútbol Alemania 2006. El único gran problema era estar entre las paredes de la primaria; eso y los vecinos que llamaron para quejarse de nuestro "ruido excesivo".
Pero para Sudáfrica 2010 las cosas cambiaron: siendo yo cuatro años más vieja, pude por fin experimentar el dulce sabor de ver el Mundial desde mi bella casa. ¡Benditas sean las vacaciones preparatorianas! (Cabe mencionar que soy más seguidora de Alemania que de México, así que veía más partidos de los primeros que de los segundos.) [Especialmente porque México jugó como cuatro partidos y Alemania se echó el mismo número que España. ¡Arriba die Mannschaft, el equipo más prolífico del Mundial! N. de la R.]
Oh sí, yo los amo mucho
Uno de esos días en que mi fiebre por Alemania andaba al tope fue cuando jugaron contra Argentina. Era sábado por la mañana y yo tenía que ir a un curso en un centro de psicología (¡fui a pesar de que el partido empezaba a la misma hora!), así que asistí con mi playera blanca y con cara de pánico (por el partido) y motivación (por la clase).
Sí, creo que más o menos eso era lo que había en mi alma
Mi papá y yo hicimos un pacto: durante la hora y media del partido, que no vería mi persona por obvias causas, no me mandaría notificaciones ni mensajes; nada, nada, nadita de resultados. Yo quería disfrutar mi clase en la medida de lo posible.
El partido empezó en el momento en que yo entraba al salón. Pasaron tres minutos y sonó mi celular. Era mi padre: "¡Gol de Alemania!". Vaya, un poco de ánimos.
La siguiente hora y media fue de lo más sufrida. La clase trataba de algo tan interesante como teorías de personalidad y yo estaba concentradísima. Bueno, lo estuve hasta que escuché un potente grito colectivo de: "¡GOOOOL!". ¡¿Gol de quién?! No sabía, y no había siquiera recuperádome de la noticia cuando el segundo grito de: "¡GOOOOL!" inundó el lugar. ¡Me estaba dando un ataque de ansiedad! Y mientras, la clase sólo mejoraba con teorías de Freud y psicoanálisis y... ¡GOOOL!
¡Otro gol! A mí me urgía salir de esa clase; de verdad me urgía.
Salí corriendo del salón en cuanto tuvimos un descanso. 4 - 0, favor Alemania.
Creo que fue un buen día de vacaciones. Festejé toda la tarde el triunfo.
Me canso ganso que mis ojitos brillaban de reteharta felicidad por el triunfo de mis muchachones